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Confesiones

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LA SOLEDAD EMOCIONAL DE LA MADRE

mayo 10, 2018
maternidad

MATERNIDAD NO RECONOCIDA

Está lloviendo, un día más está lloviendo pero hoy no me importa, porque así disimulan mis lagrimones de esta maternidad no reconocida.

Llevo muchos días seguidos sin dormir y casi dos años durmiendo unos 3, 4 días a la semana. Me duelen los ojos, la cabeza y el corazón porque acabo de gritarle y decirle a un bebé de año y medio que me está consumiendo.

No es cuestión de felicidad, es cuestión de agotamiento.

Sigo caminando y pienso en tomarme el café que tanto necesito pero vuelven a asaltarme las lágrimas cuando caigo en que si quiero paz de mi guaponsito voy a tener que ponerle un dibujo en el móvil y no soporto hacerlo.

Quiero ser una buena madre pero hoy no tengo fuerzas y es el mantra que me repito últimamente, día tras día.

No es cuestión de felicidad es cuestión de culpabilidad.

Necesito ese café así que entro en el bar y pido uno muy corto ya que N siempre acaba bebiendo un poco. Pongo los dibujos, me traen el café y guaponsito alarga la mano, coge el café y sin querer me lo tira encima. 

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¡Sorpresa!, Confesiones

LA SOLITARIA MATERNIDAD DEL SIGLO XXI

mayo 9, 2018

Ser madre hoy en día no tiene nada que ver a cómo fueron madres nuestras madres.

Mi madre me tuvo muy joven con lo que mi abuela cuando yo nací rondaba los 50. Mi madre trabajaba muchísimo fuera de casa y mi abuela era la jefaza de la suya.

Que le trajeran a su nieta para cuidarla mientras mi madre luchaba como uñas y dientes para darme una buena vida no era un caso aislado en aquel momento. Madres separadas o familias donde los dos trabajaban era habitual que los hijos fueran cuidados con las abuelas, unas abuelas que en su gran mayoría eran mujeres que recién llegaban a los 50 y que se habían dedicado en su gran mayoría al cuidado de los hijos y del hogar.

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Confesiones

¿COMPARTIR O EXPONER?

septiembre 8, 2017
exponer

¿CUÁNDO DEJAMOS DE COMPARTIR PARA PASAR A EXPONER?

Supongo que cada una tendrá una respuesta diferente, en mi caso lo tengo muy claro. En el momento que me siento incómoda con lo que comparto. En el momento en el que algunas publicaciones me hacen sentir que invado la intimidad de mis hijos. ¿Y eso es malo? No lo se, no voy a juzgarlo porque también podríamos llamarlo valentía a hablar y mostrar cualquier cosa que suceda en nuestras vidas. Todo depende del prisma con el que se mire. Solo se, que a mi, personalmente me hace sentir mal. Me da la sensación que en algunas publicaciones he pasado de compartir cosas que nos encantan, a usar la imagen de mis hijos para llegar a más.

¿Llegar a más?

¿A qué?

¿Dónde está el límite?

Instagram es un mundo muy bonito, sobretodo porque hay gente muy bonita y creo que esa es precisamente la trampa de esta red social. Sin darte cuenta has creado una comunidad donde estableces relaciones y sociabilizas con familias que tienen las mismas preocupaciones e intereses que tu. Donde el intercambio de ideas, consejos, ánimos, piropos, acompañamiento, forman parte del día a día y  en los que sino fuera por esa ventanita al exterior, a lo mejor nos pasábamos todo el día donde nuestro único interlocutor hace “gugutata”. Así que, al menos en mi caso, era una de las necesidades que satisfacía. Otra, evidentemente es el blog y compartir.

Justo antes de empezar el verano empecé a sentirme agobiada por crearme la necesidad de hablar de nuestro día a día. ¿Porqué? Porque si quieres seguir el ritmo huracanado  y que te vean, has de publicar y publicar y publicar y publicar y publicar y así todo el día. Que si en stories, que si en el perfil, que si la foto esta quedaría genial y de repente llegas a la noche, vuelves a meterte en Instagram y te das cuenta que todo son niños perfectamente reconocibles donde su vida es un escaparate, los míos incluidos. ¿Es malo? No lo se, solo se que yo sentí vértigo, mucho vértigo.

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¡Sorpresa!, Confesiones

UN REGALO PARA SU MAESTRA

junio 18, 2017

No sé porque quise ser maestra. Sé que me encantaba estar con los niños. Y que cuando me preguntaban que quería ser de mayor, tenía dos respuestas. Abogada como mi madre y mamá, tenía muy claro que quería ser mamá.

Siempre se me dieron bien los niños. Y estar con ellos me hacía feliz. Cuando pasé mi rebelde adolescencia (fui muy puñetera) no me apetecía estudiar. Pero en casa la norma era muy clara, siempre decían que estudiara lo que quisiera pero que estudiara algo. Recuerdo la frase “si tú cumples con tus obligaciones, nosotros cumpliremos con tus derechos” como si fuera ayer. Así que, pensé en algo que me hiciera feliz y elegí Magisterio. Lo que yo no sabía en aquel momento es que iba a enamorarme de la Educación, que enseñar sería mi vocación y que el bienestar de los niños siempre, siempre, siempre, iba a estar entre mis prioridades.

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